miércoles, 24 de diciembre de 2014

Dosis



Es tan sumamente estúpido poder expresar las cosas tan bien entre letras y tan mal con palabras. Y todo por mi asquerosa incapacidad de decir lo que siento. Qué pienso. Es como si alguien colocara toneladas de espuma en mi boca y después cosiera los labios para no poder escupirla. Lo odio

Lo intento. Intento hablar. Soy una persona incoherentemente abierta y locuaz. Demasiado abierto. Nada tímido. Asquerosamente social. Pero no. Es tener a alguien, cara a cara, con una conversación seria y se acabó. Diciéndome que valgo más de lo que yo pueda ver. Que tengo una imagen de mi mismo totalmente distorsionada y no veo de lo que soy capaz. Que soy un camaleón en potencia. Y que es muy estúpido que me sienta mal por sentirme mal. 

¿La respuesta?

Reírme. En serio. Siempre riéndome. No soy capaz de afrontar algo así con la seriedad de un adulto. Con palabras como "Bueno... Ya.... Bueh... Pero no sé..." y que siempre acaba con lo mismo: Sin decir nada y dejándolo pasar. Y aún intentando que hable, no soy capaz. Porque en ese momento no pienso. O qué sé yo. Estoy en otra dimensión y dejo que haga monólogos la otra persona, como si aquello no fuera conmigo.

Y no quiere decir que no lo aprecie. Realmente lo hago. Pero me siento idiota. Volátil. Pequeño. Siento que me miente. Que el mundo exagera con tantos halagos. Que los demás no ven las cosas como yo. No ven mi realidad. Mi puta realidad. 

He caído y levantado tantas veces durante tantos años que es difícil separar los retazos de todas ellas. Es un espejo roto. Un alma vacía. Sin recuerdos. Sin explicación. Me siento mal porque necesito sentirme mal. Porque ser feliz es algo demasiado pasajero para mí y la sensación de vacío es la que realmente me ha acompañado siempre. 

Y tengo miedo a que detrás de todo esto no haya más que una enfermedad. Que mis palabras, mi visión, que yo mismo no sea más que un trastorno. Que esto quede atrás y no haya nada, solo un banal humano más. 

Nadando entre cenizas. Ahogándome entre suspiros. Buscando siempre lo que no sé dónde hallar. Lo que no existe. El punto concreto donde permanecer durante una eternidad; dos quizá. Las alas que me permitan ir más allá de toda la corriente y ver el frondoso bosque.

Y estoy cansado de que todos los días sean iguales. De quejarme por dentro. De sonreír. De reír. De saltar. De abrazar, De estar tan condenadamente bien delante de todo el mundo para después escuchar sus halagos. Para que recalquen mis fortalezas y no mis debilidades, pues las desconocen. 

Estoy cansado de comer y vomitar. De vomitar. De vomitar. De intentar controlar y que me supere. Que acabe cediendo y algo que previamente iba a ser una comida normal se convierta en un atracón. De verme en el espejo. De mirar más mi tripa que mi rostro. De sentirme obeso aún cuando se me marcan los huesos; aún cuando mi madre dice que me ve más delgado que en España cuando le mando fotos.

Estoy cansado de esta mierda. De que me arrastren estas emociones. Este vacío. Este frío. De esta rabia que aparece de pronto y con la que deseo, con todas mis fuerzas, destrozar el mundo. La humanidad en su totalidad. La esperanza. La propia Vida. Destrozarme.

Quiero que alguien. Que algo. Me destroce. Hasta el final.




Es un temblor,
una grieta,
un abismo encerrado,
un grito nublado,
una sensación opaca,
una luz abierta,
un sueño encubierto,
un niño desterrado.

Es la Vida.
Un frenesí.
Una quimera.
Un amor escondido.
Un susurro impío.

Eres tú.

Allá o aquí,
entre deseos e inquietudes, 
entre  palabras perdidas,
entre sueños destruidos,
entre versos y suspiros,
entre pensamientos volátiles,
entre paredes y nubes.

Eres tú.

Quien enreda sogas en el cuello
 y prevalece en el espacio y tiempo.
Quien esconde la verdad.
Quien escupe veneno.
Quien retoza en el suelo.
Quien hiere y profana.

Eres tú, demonio.

Amable y bondadoso
que arrastra hasta al último humano,
 a quien tienta y abraza,
a quien somete ante sus pasos,
a quien destroza con sus palabras.

Tú, tan inteligente,
tan absurdamente sensato,
tan noblemente altruista.

Siempre buscando un alma a la que morder y violar,
una caricia por la que luchar.
Un destino escondido.
Un grito ya esparcido.
Una sensación olvidada.

Eres tú, demonio.

Eres tú.
Soy yo.
Somos ambos.










lunes, 22 de diciembre de 2014

De vuelta a la realidad



Vuelta a la realidad. Al mundo. Nada de ficción. Ni de palabras. Absolutamente nada, como siempre. Y sí, eso quiere decir que ya estoy viviendo en otro país. En otro espacio terrenal. Muy bonito, eso sí, si no fuera porque tengo que seguir conviviendo conmigo mismo. Ahora estoy estable, al menos más que cuando llegué, porque si algo es cierto es que mi vida, sea verdad o no que exista aquello llamado suerte, poca cantidad hay de tal sustancia entre las hebras del destino. No me gusta explayarme con cosas banales de mi vida personal, pero en resumen pasé tres semanas horribles porque no estaba en la casa que debía y no podía vomitar. Tres putas semanas de angustia y depresión que venían y se iban. Y yo comiendo. Y andando. Y comiendo. Y llorando, para variar, pensando que había engordado veinte kilos o más. Sin poder pesarme cada mañana como es mi rutina. Al final ni subí, ni bajé. Idiota.

Pero ya está. Ya tengo mi casa. Mi espacio. Mi baño. Y mi báscula.  Y ahora la mayor parte del día (desde hoy) estoy solo, así que todo va bien. O va como debe ir. Aunque si a algo tengo que hacer mención es que la persona que convive bajo el mismo techo que yo sabe de esto (creo que ya comenté en una entrada anterior que es uno de esos humanos especiales en mi vida), así que no me pone trabas en devolver hasta el hígado. Feliz.

Y si en mi país llamaba la atención, aquí ya soy un cartel grande de neón que grita que le observen. Me gusta, al menos en parte. No me lanzan miradas acusadoras. Chicos o chicas te miran, de arriba a abajo, mientras se cruzan contigo por la calle. Y tú les ignoras, o sonríes incluso. Porque si algo me gusta en este mundo, es sonreír. Es una mueca simple, bonita y que transmite mucho a todo el mundo. Lo odio, a partes iguales, también.

A nadie le importa cómo me siento. Cómo veo el mundo. Son gente con la que jamás cruzaremos una palabra pero que, al menos, por un momento, casi seguro, te devolverán la sonrisa. Por lo que sea. Por compromiso, amabilidad o simplemente porque es algo que los demás no hacen. 

Pero el problema real de todo esto es el mismo que en España. Que en todo el mundo. Yo. No puedo vivir de forma normal. Tengo que impresionar a los demás, destacar, ser quien no soy. ¿Qué soy? Una imagen. Una sombra. Un segundo de silencio. Una masa que intenta ser bueno en algo. Que se auto exige en diferentes campos de esta vida. Que logra lo que se propone. Que se expande en vidas ajenas. Que entra y no sale. 

¿Para qué?


Entretenimiento. Aprobación. Logros. Metas inexistentes. Conocimiento. Fama. Dinero. O quizá simplemente es la estupidez que me caracteriza. Esa neurona semi-muerta que está colgando y me hace realizar acciones al tuntún en busca de quién sabe qué.

Y siempre me pregunto hasta dónde llegará todo ésto. Cuál será el punto de inflexión, en el que el mundo terminará de construirse o de derrumbarse. A quién dejaré atrás o a quién llevaré conmigo. Quiero comerme el mundo y después vomitarlo. Junto todo lo posible. Creo que hay partes de mí que no deberían existir; pero sin embargo, lo hacen. Y no puedo hacer más que aceptarlas y colocar límites morales para no excederme. Conmigo. Con los demás. Con el mundo. 

Hay momentos en los que solo quiero desaparecer. Sin dejar rastro. Ni marca. Ni huella. Nada. Completamente opaco. Completamente vacío. Y es un reloj, pequeño, el que informa el tiempo que resta y del que no soy capaz de afrontar.

Y cada paso. Cada momento. Es la propia desesperación quien me persigue. Quien acecha. Quien espera un segundo, un despiste, para hacer mella en mi propia persona. Y me pregunto por qué tiene que ser todo de la forma que es. Cuando yo podría ser una persona de provecho. Inteligente. Adulta. Una persona digna, que no soy, ni seré...

Jamás.

Nunca jamás.



lunes, 27 de octubre de 2014

Feliz cumpleaños, estúpido



¡Ah...! Un año más que se suma a la fila de otros tantos. Veinticinco. Con una mente de viejo y una apariencia de dieciséis. No deja de resultarme curioso que la gente me pregunte si soy mayor de edad. Sí, lo soy. No es mi culpa tener esta cara de niño perpetuo e inocente. Tengo que ser el sueño de cualquier pederasta. Hace un par de domingos me preguntaron, casi afirmándolo, si era ruso. ¿En serio? Tengo que tener una mezcla de etnias un poco variadas porque ya han pensado que soy rumano, medio asiático, marroquí y ahora ruso... Y unos sitios con otros tienen rasgos totalmente diferentes. ¡En fin! En algo había que destacar. Supongo que en parte, dentro de lo malo, me gusta. Lo diferente atrae. Y está comprobado cuando la gente te describe como una belleza atípica, especial y bonita. ¡Pues me alegro pos ustedes! Ya me gustaría a mí verme tan bien...

Se nota que hoy no tengo ganas de filosofar ¿eh? Así que vengo a contar un poco de mi vida, que generalmente no lo hago, pero hoy me apetece. El próximo mes me mudo de país. Lejos. Tan lejos como de España a Costa Rica. Las razones son muchas y variadas, pero creo que todas ellas son buenas. Aunque está claro que hay cosas que seguirán igual... Ya me entendéis

Por otro lado entre ayer y hoy mi tía y abuela me han dicho que estoy demasiado delgado. ¿Soy el único que se ofende cuando le dicen eso? Es decir, no, estoy normal. Lo que va a ser un peso sano. Si se me marcan algo más los huesos como las clavículas es porque son grandes. Y para qué engañarnos, me encanta. Muchas veces me entretengo tocándolos y me gusta lo duros que están. La sensación de que tras el hueso hay un abismo que se hunde entre carne y piel. Lo mismo con las caderas. Apoyar los brazos ahí estando acostado y sentir algo rígido bajo mi piel. Duro, muy duro (qué mal suena), es algo que me resulta horriblemente hermoso. Las costillas sobresalidas y el estómago semi-plano. Me gusta arquear la espalda y que cada uno de los huesos asomen como agujas. Poder colocar los dedos dentro de ellos. No sé si es un fetiche o algo similar; pero es así, me gusta mucho poder agarrar los huesos y apretarlos fuerte, que no se hunden, que son fuertes. ....Ah....

Por cierto, suelo contestar los mensajes en el mismo sitio donde los dejáis.

Y ahora me apetece escribir, así que improvisaré algo; con su permiso.


Entre silencios exasperantes y palabras huecas,
entre miradas comprometedoras y labios sellados,
entre actos cómplices y sonrisas muertas.
Entre tú y yo.
Un abismo; dos quizá.
Sepultados entre el tiempo y aferrados a las espinas llamadas Vida.

Ser o sentir,
vivir o enterrarnos bajo el manto de la noche.

La lluvia recita fugaz una leyenda que permanece opaca ya,
canta veloz y llora feliz,
entre silencios exasperantes y palabras huecas,
olvidando el tiempo y sintiendo el frío.

Recuerdos que te inundan y emociones que niegas,
entre miradas comprometedoras y labios sellados,
buscando la raíz de todo y el juicio final del comienzo.

Un poema; dos quizá.
Entre tú y yo.
Entre actos cómplices y sonrisas muertas.
En la impía alcoba que aguarda nuestra juventud perdida. 
Nuestro deseo inconfeso.
Nuestra Muerte en verso.

Algo más lejano a cualquier emoción terrenal.
Más inhumano.
Más sádico.
Más necio.

Capaces somos pues de ensuciar la suave franela que te rodea.
El pequeño manto que te cobija,
bajo estrellas y luces,
donde sueñas y esperas.

Dulce apatía.

Quiero. 
Deseo.
Anhelo destripar tu alma.
Besar tus miedos.
Abrazar tus deseos.
Descubrir tu esencia.
Entre silencios exasperantes y palabras huecas,
entre miradas comprometedoras y labios sellados,
entre actos cómplices y sonrisas muertas.
Entre tú y yo.
Un abismo; dos quizá.
Sepultados entre el tiempo y aferrados a las espinas llamadas Vida.

Dulce. Dulce apatía.





martes, 21 de octubre de 2014

Vueltas eternas en un nido de soledad



Cuando el propio Destino se arrodilla ante la Vida. Cuando todo permanece encauzado hacia un mismo lugar, ¿qué es lo que hay que hacer exactamente? ¿Esperar? Para qué. Dónde lleva eso si no a la propia autodestrucción. Al vacío que todos temen. A esa sensación tan conocida por algunos que te estrangula y te recuerda lo mismo. Una y otra vez, de forma incesante: Eres un inútil. Aunque los demás colapsen tus oídos de buenas palabras y regalen flores por tus actos. Por esa maldita sensación de que estás solo en este extraño mundo. Que nadie entiende ninguna de tus palabras, ni tan siquiera saben ver a través de tus actos valerosos que fuera de estar repletos de medallas son gritos de auxilio. Y tienes miedo. De ti. De la vida. De la gente. De lo que sientes. De lo que podrías llegar a hacer. Temes vivir. Y te odias. Por lo que dices, por lo que haces, por cómo actúas. Y lo analizas meticulosamente una vez y otra para que no haya ningún error por pequeño que sea. Y sonríes como un niño cuando otros se arrastran por ti mientras les miras desde arriba, porque eso te llena, te hace sentir vivo y fuerte; porque ellos no saben, ni sabrán, qué es lo que realmente hay debajo de esa coraza. De esa falta de escrúpulos. De esa lengua bífida que consigue romper sus esquemas. 

Y aún cuando soy yo quien decide quitarse la armadura ante algunas personas, sigo siendo el mismo incompetente que se muestra fuerte. Que asume su problema y aún así te sonríe cara a cara sin problema. Que come. Que actúa estúpidamente normal; como si nada ocurriera. Y ellos se lo creen. Y te tratan como un colega más. No pasa nada. Te estás matando y ellos lo saben, pero no es momento para filosofar ni para darte ninguna lección porque eso te molestaría. Así que hay como un pacto secreto que no está escrito pero permanece inmutable con el paso del tiempo.

Házlo. Destrúyete. Te preguntas si realmente le importará a alguien. Si alguien arrastraría el dolor de tu muerte durante años y años. Y sabes que . Que hay gente que no superaría jamás tu perdida, que simplemente, de una forma u otra, seguirían adelante pero te mantendrían en sus pensamientos día tras día. Que se sentirían mal y se preguntarían por qué no te ayudaron. Por qué no hicieron nada en contra de tu voluntad. Y se culparían mientras otros preguntarían qué es lo que ha ocurrido y qué te ha llevado a eso, "con lo simpático que tú eras y lo feliz que se te veía". Y ellos, los que sabrían la verdad, asentirían sin decir nada. Porque sería tarde para cambiar nada. 

Hay días en los que me siento muy pequeño. Demasiado pequeño. Una parte ínfima de este mundo que no sirve ni vale para nada. Y eso me deprime. Me opaca, de alguna forma, la claridad con la que suelo hacer las cosas. Intento darme un día de descanso sin vomitar, pero por X ó Y al final acabo con los dedos atrancados a la garganta y las uñas rasgando la carne, vaciando el estómago. Siento dolor cuando como, pero aún así no llego a saciarme. Tengo un vacío constante. Y más de una vez me pregunto cómo aguanto. Cómo puede ser que con lo que como, que es realmente poco, pueda aguantar tanto. Algún mareo al levantar y se acabó. Nada más. No sé si he estado tantos años sometido a esto que está acostumbrado o qué, pero su resistencia me asombra incluso a mí, que haciendo esfuerzo físico o deporte aguanta como un auténtico campeón. Y los que me conocen y saben de esto también se lo plantean e incluso me preguntan cómo es posible, que ellos, bajo mis circunstancias estarían ya en el suelo. ¿Suerte? Como sea, supongo que abusar de esta protección no debe ser muy ideal, pero ya que la naturaleza, por el momento, me la ofrece, voy a aprovecharla. "Y que sea lo que Dios quiera", como diría un cristiano normal y corriente. 

Y al final todo esto se resume con dos palabras:

Soy idiota.



sábado, 18 de octubre de 2014

Dilemas


Quiero escribir y hablar. Quiero gritar. Respirar el aire denso hasta que mis pulmones revienten. Sentir la libertad a veces insana de no ser nadie. De no sentir nada. Pero a quién vamos a engañar sino a nosotros mismos, fingiendo que todo nos importa más bien poco. Que somos humanos, poco humanos. Que no tenemos apenas emociones. Que no sentimos amor. Ni pena. Ni absolutamente nada. Pero nos mentimos. Día tras día lo hacemos. La verdad es que hay actitudes de otra gente que te ponen nervioso. Que te enfadan. Que te hacen sentir mal. Pero hay un momento en el que tu mente te dice: "No pasa nada. No te importa. Déjalo estar. ¿Qué más da?". Y lo haces. Y vuelves a sentirte bien. Aunque posiblemente un momento u otro llegará ese recuerdo a ti; ese malestar, que te ayudará a rememorarlo. Quieras o no. Pero de nuevo, tu cerebro, como buen amigo que es, te repetirá las mismas palabras; y, por supuesto, le escucharás.

No es que haya ocurrido nada relevante ni interesante en mi vida. Simplemente son cosas que pasan. Actitudes globalizadas que me crispan y me hacen sentir un maldito freak. Y lo peor es cuando intento explicar por qué me molesta... ¡Y no lo entienden! Es como: "Oh, en serio no puedes comprender algo tan absurdamente... ¿lógico? ¿O es que hacerlo desmontaría tus esquemas y no te interesa verlo?". Algo así. Pero luego pienso que quizá soy yo quien se equivoca. Quien ve las cosas desde la perspectiva incorrecta. Pongo las hipótesis sobre la mesa, intento analizarlas de forma totalmente objetiva, pero al final me sigue pareciendo lo mismo: Su forma de vivir o de pensar está fuertemente condicionada por la educación y la sociedad hasta tal punto que cosas totalmente incomprensibles les parecen normales. Y sí, yo soy parte de la sociedad, pero me he tomado horas... años, más bien, en intentar analizar mi vida y mi pensamiento. ¿Es eso, a caso, incorrecto?

Por poner un ejemplo, hay algo que no consigo entender. Al inicio de mi blog dije que soy un come-hierbas. Y sin duda empatizo mucho más con un animal que con el ser humano en sí; eso del especismo parece no ir conmigo. Y es algo que, cuando estoy en confianza, hablo con los de mi alrededor. Yo jamás impondré mi forma de pensar al resto de las personas. No tengo ningún interés. Ni tan siquiera comparto mis pensamientos con la comunidad Veg. que a veces son incluso más absurdos que los otros. Simplemente planteo una pregunta, que nunca, jamás, nadie me puede responder, porque en el fondo lo saben y duele aceptarlo: ¿Por qué tantos millones de habitantes están en contra del maltrato animal -toros, perros, gatos...- pero sin embargo consumen carne producto de una cadena donde se veja y destroza a un animal totalmente vivo? Y me explico. En los mataderos industriales los seres vivos habitantes en ellos están en unas condiciones pésimas. Pésimas de verdad. En cajas recluidos. Heridos. Malnutridos. Hormonados. Semi-desangrados cuando les llega el momento o haciéndoles sufrir. ¿Por qué la gente no quiere verlo? Su respuesta es siempre: Si tuviera que hacerlo yo, no lo haría. ¡No fastidies! ¿En serio? No puedo entenderlo. Lo intento. Lo he intentado desde hace años y no lo logro.Y sí, yo también he comido carne durante la mayor parte de mi vida, hasta que me di cuenta que sentía aflicción por un gato al que le tiran piedras y luego me comía un pollo maltratado. Y desde entonces he intentado ser coherente con mi mundo interior; con mis propios pensamientos. Realmente este tema no me importaría tanto si los animales estuvieran tratados correctamente. Es decir, que se criaran de forma digna y les mataran sin que sintieran dolor (y existen granjas así, pero la carne entonces aumenta en precio y eso no interesa a casi nadie). Pero eso no es posible, porque la humanidad prefiere apartar la mirada y seguir protestando por un perro moribundo mientras comen un bistec que ha sufrido más que el propio can. Aún así no juzgo a nadie. Se que la gente hace lo que le enseñan, y de eso, no tienen culpa. Tampoco creo que yo tenga la razón. Solo intento ser, como dije, coherente con mis pensamientos; al igual que habrá gente que le de igual una vida de un perro, gallina o caballo; y están en su derecho. Hay de todo. Pero esa poca coherencia, en este tema y otros muchos, me increpa. Sobre todo por los que intentan burlarse de mi alimentación o me dicen tonterías sobre ella. No me juzgues y no te juzgaré. Tú tu vida, yo la mía. Si yo te respeto, respétame. ¿Es tan difícil? Por suerte hoy en día es algo bastante extendido y la gente no se sorprende cuando dices que no comes carne. También se van concienciando. Y eso está bien.

Y sí, supongo que es extraño que tenga tanta devoción por un animal. Siempre la he tenido, desde pequeño. Tengo tres perros y una es especialmente mía. Y la quiero. La amo. De verdad. Me hace reír. Me hace querer abrazarla y besarla. Me siento bien agarrándola a mi brazo o mordiéndole la oreja. Y la prefiero antes que muchas personas. Antes que a la mayoría. Así que volvemos a lo mismo, el especismo, o lo que va siendo lo mismo: No ir de cara a los de mi especie, no es lo mismo. Puedo valorar, objetivamente, ambas vidas. Y no me gustaría elegir entre una de ellas, pero en líneas general, prefiero estar acompañado de un animal que de un humano zoquete (que haberlos, haylos). 

En fin, dejando esto te lado, que empiezo a escribir y no paro. Con el peso voy fatal. Estoy en modo obsessive, pero a niveles que no sé si lo había estado jamás. Poco que como me parece un mundo. Un mundo de verdad. Se me hace pesado aguantar una comida dentro. Tengo la necesidad de vomitar. Y pesarme. Y comer. Y vomitar. Y pesarme. Durante todo el día. Y eso incrementa la ansiedad. No estoy realmente mal. Estoy bastante neutro. Pero no puedo dejar de preguntarme dónde llevará esto

Al final, al principio...
Un camino hacia la nada.







lunes, 13 de octubre de 2014

I'm not weak. I'm not strong.


Aprecio el silencio. Lo he hecho siempre. Me siento cómodo con él, envolviéndome. A veces lo acompaña la música. Otras veces está solo, deambulando por los pasillos de la Vida, como un espectro más. Alguien que está por aquí, y ya sabes quién eres, me dijo que si seguía por el camino en el que me encuentro acabaría internado. Que las cosas han empeorado mucho de cinco meses aquí. Y yo lo veo; claro que sí. Soy totalmente consciente. Y eso lo hace peor. 

No es que me haya rendido. Me niego a pensar en ello. Simplemente he dejado de intentarlo. La comida se me ha vuelto un mundo completo. Tengo la sensación de que como demasiado. Luego veo que he comido dos huevos hervidos en todo el día y que eso, obviamente, no es nada. Pero lo siento tan distinto. ¡Es tanto! Y lo acompaña el sentimiento, la emoción, el pensamiento de: "Estás mal. Loco. Insano. ¿Dónde ha quedado la cordura? La objetividad. Mueve ese trasero plano que tienes y haz algo por ti. Por tu vida. Mañana puede ser tarde. Puede serlo, pero te da igual. ¡¿Por qué te da tan igual?! TU vida es buena. Joder. Lo es. Tienes todo lo que necesitas, incluso gente que te ama por quien eres. Por como eres. Por ser este maldito sociópata que no le importa nada ni nadie. Y aún así te adoran. Te cuidan. Se preocupan por ti. Y tú eres tan sumamente ingrato que te da igual y sigues a lo tuyo. Con tu mierda. Con tus pensamientos. A tu rollo. Lo que pasa es que eres idiota. Punto". 

Y al final es lo único coherente que veo y entiendo. El mundo, en su globalidad, me asquea. Cuando ellos abren el pico provocan que me sienta extraño y diferente. Como si no fuera parte de su realidad. Como si tuviera que avergonzarme por ser quién soy o por pensar lo que pienso.

Por supuesto debo admitir que la vida me ha condicionado. Todo tiene un inicio así como un final. Y la verdad es que no conozco otra forma de ser. Desde que tengo uso de razón ésta ha sido mi dimensión. Pútrida e infernal. Con pensamientos desordenados. Con aflicción por la vida. Tan absurdamente bonito para los demás, tan echo polvo debajo la ropa. Heridas. Cicatrices. Sangre. Más sangre. Y la tranquilidad de verme sangrar. De que estoy vivo, como los demás. Que mi sangre no es azul. Que soy igual al resto. Ni más ni menos. 

Me pregunto qué busco. A quién. Qué espero. Lo hago cada día. Me cuestiono por qué no puedo levantarme feliz y acostarme igual que he levantado. Por qué hay picos de emociones y sentimientos que se mezclan. Por qué me invade el vacío. Por qué aunque me esfuerzo mi cuerpo entra en depresión. Y el mundo muere. Desaparece. Se evapora en un suspiro y me deja en los brazos de nadie

Luego, enfoco el futuro. ¿Qué hay para mí? ¿Un hospital? ¿Medicamentos? ¿Ser como el resto? ¿Vivir una vida sin cuestionar absolutamente nada, asentir y sonreír? No quiero eso. En absoluto. Solo pensarlo me aterra. Vivir en la ignorancia de la felicidad con el pensamiento de que solo yo tengo razón (como la mayoría) no me provoca demasiado beneplácito. 

Es como dar vueltas en un circuito cerrado. Las mismas preguntas, siempre sin respuestas. La indecisión. El placer del control. El dolor. Todo junto. Mezclado y siendo uno. 

He cenado tofu y me siento relleno. Obeso. Repleto. El estómago hinchado. Y me da demasiado asco. Me siento demasiado mal. Pero teniendo en cuenta que llevo dos días echando sangre (probablemente porque tendré alguna herida en el esófago) mejor me estoy quieto.

Fuck off, you world.



viernes, 10 de octubre de 2014

Mi más oscuro deseo



Mi más oscuro secreto, aquel que permanece enterrado entre la Vida y la Muerte, que emerge sin aviso y que nubla mi mente. El que me atormenta en las noches de vacío y tristeza, que se disfraza con sonrisas estúpidas y cuentos vacíos. El más inconfeso de todos los pecados. El pensamiento más aterrador. Esforzarse para ser quien uno no es. Fingir. Todo está bien. Todo está bien. Y me lo repito una vez y otra. Que yo puedo, que soy el niño más fuerte de este mundo, que mi carga no es más que una utópica y romántica sensación de la que deseo retroalimentarme para así poder aferrarme a algo que existe. Que sigue latente bajo la piel. Que me da coraje para seguir en este camino de la propia autodestrucción. Y aún así a veces me pregunto si realmente soy consciente de lo que hago con mi vida; con mi cuerpo. Con mi propia alma. Entierro los últimos alientos bajo las sábanas y seco las lágrimas con gritos. Golpeo el cielo y muerdo el propio Infierno.

Siento aflicción por seguir respirando y, sin duda, siempre me he sentido conectado a la muerte. Siempre me ha resultado llamativa, embriagadora, hermosa a su forma. Y he encontrado la belleza en la deformidad. En la propia enfermedad. Me resulta absurdamente bonito un cuerpo enfermo. Una extravagancia. Un error de la naturaleza. Los huesos sobresaliendo, punzando la piel. Cuando era un adolescente, o quizá un pre-adolescente, me conformaba observando esas personas. Personas carcomidas por el miedo, el dolor, por la propia Vida que parecía estrangularles. Y casi, sin darme ni cuenta, yo pasé a ser uno más de aquella muchedumbre. Paso a paso escribí mis relatos. Mis oscuros pensamientos. Mis deseos más insanos.

Quiero una piel horrorosa. Quiero cortes. Quiero delgadez. Quiero ojeras. No quiero ser hermoso. No quiero serlo. 

Y pasaron los años y yo seguía siendo alguien normal. Estúpidamente normal. Con una mente brillante y muchos kilos encima... De lo que, extrañamente, a nadie parecía importarle. Yo gustaba a los demás. Mi personalidad fuerte. Mi inteligencia. Mi hipotética empatía. Les atraía y eso, sin duda, era muy placentero para mí, porque podía jugar con ellos como marionetas. Les introducía muy poco a poco en mi mundo y después les aplastaba como insectos. Como si no fueran nadie. Les dañaba con palabras. Les demostraba lo poco que eran para mí. Y su dolor me llenaba. Me hacía sentir más humano. Sus lágrimas, sus reproches, no eran más que música para mis oídos. YO controlaba su vida y les echaba de la mía cuando YO quería.

Claro, ahora, tras casi diez años, puedo entender que eso no estaba bien. Que no lo está, aunque siga siendo el mismo que entonces. Ahora, supongo, intento no hacerlo, aunque a veces es imposible... Y esas veces siguen resultándome tan placenteras como entonces. 

He madurado, claro que lo he hecho. Todos lo hacemos, de una forma u otra. Sigo sin poder empatizar con los demás, aunque eso no me supone un problema. Es así y no debo cuestionármelo. Pero no solo ha cambiado mi mente, también lo ha hecho mi cuerpo. Y también lo ha hecho mi enfermedad

Cuando era joven, muy joven, sobre los 12 o 13 años, era comedor-compulsivo. Mi desdén por la vida  y mi engrosada insatisfacción me hacían comer, comer y comer. Pero un día cambió y comencé a vomitar, por allá a los 16 años. A épocas más, a épocas menos, pero siempre constante. Y eso te hace cambiar. Mucho además. Y los escondes de tal forma que después de casi nueve años nadie de tu alrededor lo sabe. Es tu secreto. Tu oscuro secreto. Pero aún es más secreto, más aterrador, el porqué lo haces. 


¿Por qué? 


No. No quiero entrar en un pantalón. No. No quiero ser un modelo. No quiero ser hermoso para nadie. Solo quiero ser un ser con peso bajo, ojeras y huesos que sobresalen. Solo quiero eso. Quiero ser lo que siempre he admirado. Por lo que mi mente se ha visto irremediablemente atraído. 

Deseo. Deseo poder tener a mi vera todos cuanto quiera. Tirar de los cables. Jugar. Retorcer vidas. Desquebrajar virtudes y que aflorezcan los defectos. Un humano imperfecto. Hermoso y horrible. El doble filo de la vida. Lo grotesco. Delicado. Quiero decirle al mundo quién soy. Qué soy. Este pequeño monstruo de anhedonia infinita. Que no está feliz, ni triste, ni nada. Que solo vive el día a día. Que sonríe y asiente. Que escucha. Que está ahí pero no está. Que se muestra ausente y a la vez presente. Que es negro y blanco al mismo tiempo.

Quiero ser lo que no soy. Lo que soy. Como el viento y la tormenta. Quiero la calma, el cielo y la luz, al tiempo que anhelo la hermosa oscuridad. El oscuro deseo. La manipulación. Quiero entender lo que otros no pueden. Puedo desmembrar a los humanos y comprender qué  les impulsa a vivir. Cada uno de ellos. Aplastar a los parásitos. Alabar a los débiles y cuidar de ellos con la más utópica fragilidad.

Ser. No ser. Vivir y sentir. Que yo soy el chico más fuerte de este mundo. Aquel que todo lo ve. Aquel que asiente aún en silencio. Quien sonríe y llora. Quien ofrece su mano al mismo tiempo que ata tu cuello. Soy quien tú quieras que sea. Soy una sombra. Una quimera. Una fantasía rota. Una mente inmadura degradada por el tiempo y espacio infinito.

Soy quien soy. Sin cambios. Sin virtudes ni defectos. Sin respiración ni aliento.


viernes, 3 de octubre de 2014

Tierra húmeda



Un sueño. Una realidad. Una quimera ficticia. Un aliento desgarrado y un sueño desvalijado. Es, de nuevo, como sentir el frío viento recorrer cada poro de mi piel. Como la tormenta abrasando las nubes. Las exhaustas llanuras gritando en el olvido y las uñas despegándose de la carne entre versos. No son exclamaciones, ni tan siquiera sueños, lo que yo busco en esta tierra maldita. Es algo tan simple de lo que cualquier humano huiría. 

Humano, demasiado humano. Palabras escuetas y ciertamente infames que se clavan y perforan cada rincón de este pequeño ser. Lucha constante entre adversidades inquebrantables, como la propia ley de Dios, otorgada y sentenciada para los más débiles. Acatar y morder. Degollar el alma. Acariciar el viento. Sentirse libre aún dentro de la jaula de carne y hueso, preso de emociones y deseos que jamás serán escuchados.  

Siguen y suman todos los años ya atrás que admiran ahora un futuro perdido y nefasto. Ruinas colapsadas y cuerpos inertes. Cánticos que entremezclan el olor a tierra húmeda y seres que se pierden en el horizonte. A veces me cuestiono qué hay más allá, si se encuentra la paz o la destrucción, si realmente uno es libre o  si permanece atado a las cuerdas de su propia condena.

Tantas preguntas. Tanta ansiedad. Tanto saber que se pierde en el olvido. Y ya no hay nada. Absolutamente nada. Blanco y negro. Ambos y ninguno. Letras inconexas. Sentidos inversos. Significados ocultos y miedos expuestos. Fui. Soy. Quiero ser. Seré. Y en intentos banales que perecen entre letras de un ser excéntrico acaba todo. 

La redención no estuvo hecha para alguien así. El pecado inconfeso. Susurros que nadie escucha, entremezclados entre finos hilos de saliva manchada de sangre. Emociones vomitadas. Y un solo pensamiento, impuro y sucio como el propio ser humano: Rómpeme. Destrózame. Arrebátame la máscara que he arrastrado desde eones atrás. Aprieta al propio Destino. Arranca sus intestinos. 

Quién soy yo si no uno más entre el gentío. Un grito que se ahoga en un mar repleto de angustia. Unos versos sin significado ni cordura. Una llamada al dolor. Al sentimiento. Al pánico. Al propio colapso.

Humano, demasiado humano.
Fui. Soy. Quiero ser. Seré.
Y en intentos banales que perecen entre letras de un ser excéntrico acaba todo.



jueves, 2 de octubre de 2014

Welcome back, my prince


Hace tiempo que no escribo. Simplemente porque no me apetecía. Porque no tenía fuerzas y, sobre todo, porque debo ser el humano menos constante de este planeta. A veces me apetece más, otras menos, aunque es verdad que este Blog me da una liberación que otros sitios, gente o medicamentos no.

No he estado nada en concreto. O sí. Me he inmerso un poco más en algunos de los hobbies y he ido conociendo gente. Me he dado cuenta que a medida que me hago mayor y selecciono a la gente de mi alrededor, voy abriéndome según mis análisis ante ellos. He conocido una chica maravillosa con la que puedo hablar de todo, literalmente. No sé muy bien si es la edad o que simplemente conectamos bien; o su pasado, que en su forma, es algo turbio. Supongo que es lo que la gente llaman "una mejor amiga", aunque no esperaba tener una nunca (del sexo femenino, me refiero, con todos mis respetos). Y eso está bien. Diga lo que le diga lo aguanta, aunque a veces no me escapo de la típica charla maternal -que valoro- porque obviamente se preocupa por mi integridad. También puedo compartir mis más internos y oscuros deseos con ella, aunque eso era algo que ya hacía con alguien del sexo opuesto. ¡Uno de cada, no está mal! 

Anímicamente... Decir que estoy bien sería mentir sin escrúpulos. El TCA no ha mejorado, más bien al contrario. Hace años -muchos teniendo en cuenta que lo arrastro desde los 16 y que este mes cumplo 25- mi obsesión-compulsión con la comida era del tipo tragar, tragar, tragar y vomitar. Comía normal después y antes de los atracones. Ahora no. Restrinjo en todo, casi no como (o al menos a la gente le parece que como muy poco) y aún así vomito. Lo que yo considero un atracón es lo que los humanos ven 'una cantidad óptima', así que he llegado a la conclusión que mi cerebro está ya desencajado del todo y que mi realidad, sin duda, no es la realidad de los demás. Independientemente del número en la báscula -que ha disminuído-, me siento la mayor parte del día triste respecto mi peso. No tengo muy claro qué espero. La gente me dice que estoy delgado. Que estoy 'canijo'. Y yo me pregunto: ¿Os estáis riendo de mí o qué coño pasa? Después me relajo y me autodigo: "Eh, colega, el problema lo tienes tú". Cuando alguien que no te conoce de nada te hace ese comentario, por algo debe ser. O no. La gente debería callarse y dejar de fijarse en el físico de los demás; Si a mí no me importa el tuyo, ¿por qué el mío a ti sí? 

Tengo ganas de perderme, de nuevo, entre letras y pensamientos. Es absurdo poder llegar a entenderse a través de lo que uno escribe, pero sin embargo, es real. Y saber que alguien, en alguna parte, sin nombre, sin sexo, sin atributos especiales, lee tu basura, reconforta. 

La vida es una paradoja. Una tragicomedia. Aquí puedo ser un poco más yo, y un poco menos falso. No necesito máscaras que se agrietan. No necesito sueños que se moldean. No necesito nada. Solo vaciar mi mente, ser libre y escribir. Escribir, que es lo que he hecho desde que tengo uso de razón. Vomitar versos junto la comida y sentirme más liviano que una pluma. Descargar rabia y tristeza. Llorar y gritar.

Ser, en definitiva, un poco más humano.



viernes, 2 de mayo de 2014

I can't

No puedo. No puedo más. Por mucho que busque razones no las hay. Solo pienso en mi futuro y veo muerte en todas partes. En hacerme daño. En arrancarme la piel. Me odio. Odio mi vida. Y me siento muy solo. Y no hay nadie cuando lo necesito, solo lágrimas y yo. Impotencia. Rabia. No puedo pensar en nada más que coger las cuchillas y destrozarme, porque es la única forma que tengo de seguir siendo lo que soy. Tengo miedo. De mí. De la vida. Todo el mundo crece. Todos forjan sus vidas y yo sigo igual que entonces.

Esto es una mierda, joder. Estoy en mi límite. Con la comida. Con la gente. Con mi cuerpo. Con todo. Solo quiero desaparecee. Volar. Ser libre. Dejarlo todo atrás.

Tengo ansiedad. Taquicardia. Y solo puedo pensar en abrirme el brazo de arriba a abajo. Por qué entre tantas putas personas no le tocó a otro. Por qué cojones a mí. Para qué vivo. Por qué. Esto solo empeora. Todo empeora siempre. Y no tengo fuerzas porque se agotan y estoy ya exhausto de luchar contra los fantasmas

domingo, 27 de abril de 2014

Confessions




Es imposible mantener la mente limpia durante mucho tiempo. Cuando menos te das cuenta pum, ya estás de nuevo en el mismo sitio, sepultado entre recuerdos y desesperanzas, alimentándote de la soledad y la muerte. Esperas eternamente algo que no sabes qué es exactamente pero que por otra parte sabes que terminará ocurriendo. ¿Y si todos esperamos lo mismo? ¿Y si todos, en el fondo, contemplamos estáticos el final de la propia Vida?.

Necesitamos hacer cosas. Deseamos hacerlas. Triunfar. Mejorar. Ser quienes creemos que debemos ser, ¿para qué? Para tener una vida digna, lo más rápido posible, porque nunca sabemos cuándo será tarde. Por otro lado están esos especímenes tan especiales que se autodestruyen a sí mismos, acelerando el proceso de la propia Vida, aunque no saben muy bien por qué.

Ni vivos. Ni muertos. Ni nada. Queriendo vivir y morir al mismo tiempo, porque ni una ni la otra parte es lo suficiente buena como para permanecer eternamente en ella; así que se mantienen más o menos en pie, esperando que ocurra algo. A veces lo intentan y fracasan. Otras salen victoriosos, pero al final es lo mismo, anhedonia. Ni placer. Ni interés. Ni satisfacción. Vacío. Hueco. Opaco y translúcido al mismo tiempo.

Y a veces me pregunto si no soy yo mismo el aborto de una sociedad que ha muerto desde hace mucho tiempo. El ser silencioso que sonríe pero que en el fondo está sepultado entre ovillos de lana que no le dejan pensar. El ser que les critica, que les corrige, que les odia y que sin embargo dice amarles. Lo que ellos han creado: La muerte en vida. Bello por fuera, muerto por dentro. 

Y entre mi egocentrismo también cabe odio. Mucho odio que pocas personas pueden ver. Solo cuando alguien decide afrontarse a mí es cuando crezco y uso mi mente como arma de doble filo. De lo contrario soy mi peor enemigo. El profesor insaciable que nunca está contento porque su mejor alumno no es capaz de aprender lo suficiente con él como para sacar un diez en todos los exámenes. Pero un ocho no significa una derrota. No siempre tiene que ser culpa del profesor, ¿o sí?.

Límites. Límites. Nosotros imponemos nuestros límites. El conformismo solo lleva a la derrota. Si no exigimos nuestra mente solo seremos un punto más. Un punto más entre muchos. ¿Quién quiere ser un mediocre? Quién. Quién. Quizá todos aquellos quienes no buscan la perfección en nada. Quienes prefieren una vida digna antes que destacar. Quienes quieren vivir entre sus deseos y amigos antes que la autoexigencia que lleva a la destrucción.

¿Y por qué entonces algunos buscamos los límites? ¿Qué nos lleva a ello si no una insatisfacción extrema con este mundo? ¿Con esta sociedad? ¿Quién es el culpable?

¿La vida?

¿Los humanos?

¿El cerebro?


¡¿Quién?!

Cuántas noches he llorando preguntándome el por qué de todas estas emociones. Por qué soy tan diferente. Por qué soy tan estúpido. Por qué enseño lo que no soy. Por qué después de tantos, tantos, tantos años, nadie ha sido capaz de ver mi fondo. He crecido haciéndome daño. Daño de verdad. En mi cuerpo, en mi estómago, en mi propia mente. Me he odiado. Me odio. Y eso me convierte a sentir todo dentro de mí, opaco. Por qué soy tan estúpidamente hermoso para los demás. Por qué me ven en algunas ocasiones como un ser tan jodidamente diferente y especial. Irreemplazable. Intocable. ¿Cuántos humanos hay en el mundo como yo? 

Y al final es lo mismo. No soy especial. Solo aparento serlo. En el fondo soy uno más entre la multitud al que a veces, algunas veces, se le reconoce lo bien que hace las cosas. Y saber esto duele, porque la gente me resulta tan estúpida e incoherente que odio ser como ellos. Odio saber que tras mi actitud, mis palabras y mi pensamiento hay una explicación. Lo odio porque durante la mayor parte de mi vida he intentado no ser como los demás. No ser un punto más. Pero aún el humano más famoso y grande que ha existido en este planeta, hoy por hoy, es un punto más; esté en libros históricos o no. 

Y eso es lo que somos.

Un punto.
Un punto más.
Un punto entre muchos.



sábado, 26 de abril de 2014

Fair



Me siento muy agradecido con esta vida por darme la oportunidad de experimentar otra tendinitis en menos de dos semanas. Es maravilloso. Me inclino ante vos, mi señora.

En fin, vaya mierda. No hay cosa que odie más que este dolor ante movimientos básicos que me impide realizar mil acciones como buen diestro que soy. Y me ofusca mucho. No puedo hacer casi nada y bah.

Por otra parte vuelvo a estar físicamente solo. Y eso no me gusta. Porque de ahí nace el aburrimiento, y del aburrimiento pasamos a la frustración y la ansiedad. ¿El peso? Igual. Sube y baja. Se equilibra y decae según el día. 

No sé muy bien qué contar. Me siento simplemente vacío. Es una palabra que encaja al máximo con mi estado actual. No tengo muy claro si me siento triste, o feliz, o esperanzado, o hueco, o muerto. Nada. No hay nada. Un vacío sin fin que puede guardar todas y ninguna de las emociones.

Y también tengo el cerebro hueco. Tan hueco que no me salen ni las palabras, y eso ocurre en muy pocas ocasiones. No es buen día, ni malo, ni nada. Es un día más, entre muchos.

Bah, estoy aquí de nuevo y vengo para publicar bastante frecuente.


jueves, 17 de abril de 2014

Welcome back, my prince.



Y es que al final el mundo gira.
Gira y se destruye.
Se evapora entre suspiros.
Entre almas destrozadas.
Entra la propia nada.

Y yo sigo respirando. Al menos de momento. Entre mis días buenos y no tan buenos. Entre versos y pensamientos. Entre el sol de la mañana y el terror de la noche. Vivo y coexisto en el mismo plano que otros tantos humanos. 

Mi peso me taladra el cerebro. Día tras día. Tengo hambre pero no quiero comer. Si como, vomito. Tengo ansiedad constante que me lleva a atracones. Y aún puedo estar agradecido de estar acompañado por alguien que logra tolerar todo cuanto soy, aunque a veces me pregunte el porqué. Una persona como pocas que llegó hace ya muchos años en mi vida gracias a Internet y que, a pesar de todo cuanto le he dicho o hecho, a permanecido ahí, estático. Una persona a la que le puedo decir que voy a vomitar y que lo comprende; a su forma y manera.

Y al final todo es lo mismo: Mi vida no es tan mala como a veces pienso. No lo es, pero hay cosas que por bien o mal me han marcado y han hecho que yo sea quien soy. El ser presente aquí y ahora, del que pocos o nadie podría sentirse orgulloso.  Y siempre pienso que las mismas vivencias en un adulto no ocasionarían el mismo daño; al menos no tan atroz. Pero, ¿quién es capaz de controlar la mente de un niño? Si no habla. Ni se queja. Ni llora. Solo se destruye en silencio, enredando un hilo y formando un gran ovillo. 

Quién es el culpable si no la propia Vida que a veces es una gran hija de puta, que nos destroza y apresa entre sus paredes de carne. Nos ahoga. Nos asfixia. Nos ata de forma que no encontramos respuestas ni soluciones a nuestros dilemas, sean cuales sean.

Y la suerte no acompaña, teniendo en cuenta que en este periodo que no he escrito ha sido porque mi madre tenía presuntamente un esguince (y sigue, con lo cual ya dicen que debe ser algo roto) y yo acabé con una tendinitis en la mano derecha que no me permitía escribir apenas.

Necesito un cóctel de pastillas que me deje KO durante un par de días. Tengo esa inmunda sensación de que la fuerza se escapa de mi cuerpo, cada día un poco más y que la Muerte se avecina. Sé que hay un final para todo. Para todos. Lo sé y de alguna forma lo aprecio. Lo anhelo. Saber que yo también puedo morir me provoca más bienestar que dolor, porque quiere decir que dentro de mi mundo, de mi sufrimiento, yo sigo siendo igual que los demás.

Ese ser diminuto entre tantos millones. Ese ser que se siente tan triste y solo. Ese ser que su peor enemigo es él mismo. Quien decide odiar por odiar o amar hasta reventar. Quien complace. Quien sonríe. Quien vive y respira.

Y en el fondo sé que no soy tan especial. Mi literatura puede resultar interesante. Mis palabras. Mi vida. Mis gestos. Pero soy igual que ellos; incluso peor. Hay momentos en los que pienso en mi vida, en mis acontecimientos pasados y me pregunto por qué soy así, cómo a veces puedo llegar a ser un cabrón tan desalmado. Cómo puede ser que nadie pueda importarme. Cómo puede ser que no sienta aprecio por nadie. Aprecio real.

Y eso me hace sentir solo. A la vez de solo, frío. Y no es una sensación que me complazca ni me reconforte; al revés. Incluso alguien como yo a veces desearía ser un poco más normal. Preocuparse por temas más triviales. Disfrutar un poco más de la vida... de los humanos.





martes, 25 de marzo de 2014

So sad... So empty.



Qué es este dolor. Este sentir. Esta Muerte recorriéndome las venas. Esta taquicardia ahondando en mi cuerpo. Este malestar presente que se agravia a cada segundo. Esta tristeza inaudita de la que no soy capaz de escapar. Estos pensamientos suicidas. Este vacío descomunal.

Quizá es debido a vomitar cinco veces seguidas. Atracón tras atracón. Para llenar y vaciar de nuevo la Vida. Para ahogarme en ella y regodearme entre la miseria. Para aliviar todo lo que está ahora mismo en mi cabeza golpeándome con ferocidad. Necesito gritar. Arañar. Golpear. Deseo que mi cabeza esté hueca. Vacía. No puedo más.

Y lo repito una vez y otra. La ansiedad me está carcomiendo. Tengo un pesar sobre la consciencia que me supera. Me cuesta seguir un día más. Otro. Otro. Para nada, porque al final estoy en la misma parte; en el mismo punto. Estoy harto de luchar contra lo que no soy capaz de lidiar. De enfrentarme a estos pensamientos que provienen de lo más oscuro de la consciencia. De tener que rechazar una parte de mí que podría acabar con mi existencia. Estoy cansado de respirar. 

Solo quiero paz. Solo eso. Que no haya nada en mi cabeza que me torture de esta forma. Tantas palabras. Tantos insultos. Tan estúpido

No quiero levantar mañana. Pero sé que es lo que va a ocurrir y eso, en parte, me decepciona. Me siento muy ofuscado. Harto. Siento el hastío perforándome las vísceras y las palabras en el viento ahorcándome. 

Qué tengo que hacer para levantar esta vez. Cada día me entierro más hondo. Más. Y los años que han quedado atrás esta misma sensación se veía opacada por la gente de mi alrededor; ¿pero ahora? Quién hay ahí sino yo mismo. Yo, desdichado y cobarde. Me he cansado tanto de la gente que les he apartado de mí. Y aún sabiendo que cuento con el cariño de muchos yo decidí hace tiempo no acercarme a ellos. 

Mi vida vacía. Como mi cuerpo. Como mi alma. Lo único que continua a punto de desbordar es mi mente, que ya no sabe escapar de lo que parece el inminente final.

Hoy me siento basura. Por todo y por nada. Porque no puedo más. Porque no sé cómo continuar. No sé qué hacer. No sé qué decir. Solo quiero dejarlo todo atrás y desaparecer. Desaparecer sin decir nada a nadie. Sin dejar rastro.

Bailando...

Mientras el viento susurra

delicadas palabras
de amor.



domingo, 23 de marzo de 2014

My body


Y es que a fin de cuentas, no estoy aquí, ni allí, ni en ninguna parte probablemente. Solo sigo existiendo. Una mota más en este remoto universo que se deja llevar lejos del horizonte esperando topar con el Destino.

Pasa el tiempo pero mi cuerpo parece eterno. A mí, incluso, hoy por hoy me resulta asombrosa mi apariencia. Es decir, cada uno de vosotros, de los que leéis, tenéis algún tipo de imagen sobre mí. Quieras que no, cuando lees un texto, le pones énfasis y, a su vez, si te sientes más o menos cercano, intentas imaginar cómo es esa persona físicamente. ¿Estará delgado? ¿Será lindo? ¿Parecerá un príncipe?

Y las respuestas son muchas, pero pocas aciertan. Hay gente que cuando la ves en foto, en real, piensas: "Ah, me lo imaginaba así". Pero no. Mi vida no puede ser tan simple. Simplemente soy diferente. Con rasgos que no son ni de aquí, ni de allá. Que resultan llamativos para muchos; por no decir todos. Y me gusta que algunos me cataloguen como Un ser profundamente hermoso. No todos pensarán igual. Pero la realidad es que, por una cosa u otra, aparento ser un tierno y vulnerable niño de dieciséis años. La genética juega en mi favor, o eso he intentado creer con los años. De piel de porcelana. Y no encaja ni mi literatura seria ni mi mundo caótico en tal apariencia. 

Soy tierno. Muchos dirían que achuchable. Con mi sentido del humor y mis tonterías nadie, jamás, podría imaginar quién soy. Qué soy. Y esto es una ventaja. No puede ser que un ser carente de tantas emociones pueda refugiarse en un cuerpo tan delicado. Y empiezo a preguntarme si la naturaleza es tan sabia como parece y, de una forma u otra, me ha brindado este pequeño regalo para engañar. Para cautivar.

Quién pensaría que detrás de una carita afable y tierna aguarda una piel llena de cicatrices. De heridas. De noches de tormento. Un estómago totalmente roto. Obsesiones. Estupidez. El propio Diablo. Un diablo vestido con los ropajes más caros que te embauca y te hace descender hasta el más oscuro averno para servirle. Para amarle. Porque sí, adoro que me idolatren; pero me gusta cuando no lo dicen y se nota. Cuando son corderos en tu rebaño y puedes convencerles de que algo negro es totalmente blanco. 

Pero eso no quiere decir que me guste mi físico. En realidad lo cambiaría todo, si pudiera. Muchas veces deseo ser más normal. Que no me miren tanto. Poder ir por la calle sin que una mirada se detenga ante . ¿Es mucho pedir?

Es solo que, con los años, después de que tantas personas hayan actuado igual o, más bien, hayan dicho lo mismo, he terminado asumiéndolo. Es decir: ¿Me consideran diferente? ¿Especial? ¿Hermoso? ¿Atrayente? Voy a aprovecharlo. Si puede jugar a mi favor debo saber cómo usarlo.

Y todas estas palabras me harán parecer un narcisista y egocéntrico, pero qué le vamos a hacer. Es la verdad. Mi verdad. 

Así que ya sabéis...

Amadme.




viernes, 21 de marzo de 2014

Storm





Y empieza de nuevo. Y me ahoga. Me mata. Me atormenta. Es una sensación totalmente opaca y presente, como si una fuerza mayor deseara llevarme lejos de este mundo tan poco real para enterrarme en lo más hondo de la ciénaga para así nadie pueda encontrar nada de lo que un día fui; de lo que llegué a ser.

Días grises y tristes se avecinan. Tengo ese exasperante hueco en mi interior. Cala hondo en mi cuerpo y me produce un frío atroz, recordándome cada segundo lo vacío que me siento. Como si nada existiera. Como si ni tan siquiera yo siguiera respirando. Y me siento triste, muy triste. Después me enfado. Con la vida, el mundo, la sociedad, incluso conmigo mismo. 

Me sigo desesperando. Me carcome el alma. El peso sube y baja y yo no estoy contento con absolutamente nada. Me siento amargado. Jodido. Con ganas de arrancarme la piel. Deseo gritar, darle golpes a la pared, arañarme, llorar... Pero me quedo quieto y respiro. Quizá dentro de una hora todo haya pasado. Solo quizá. 

Y lo que más dolor me produce es saber que al final del día sonreiré. Que fingiré con todos los de mi alrededor. Que no notarán absolutamente nada y que, probablemente, yo empiece a llorar cuando esté enterrado entre sábanas y cobijas. 

Porque los hombres no lloran, decían. Y yo digo que sí lo hacen, pero a solas, para que nadie vea su debilidad. Para que ese secreto se quede entre la oscuridad y ellos.  Y así, el tiempo transcurre, esperando un aliciente por el que no querer desgarrar las paredes de la vida. 

El tiempo pasa y me siento muy solo. Incomprendido. Es como si nadie me hiciera caso. Como si no existiera. Ni tan siquiera los más cercanos a mí emanan algún tipo de calor que yo pueda percibir. Todo es de plástico, sin sustancia, opaco. Y aún las palabras más bonitas o los actos más nobles me saben a poco. No me valen. No es suficiente. Porque no creo en ellas; ni lo haré. Nunca. 

Y seguiré solo... Solo... Solo... 

Esperando...

Como siempre.
Hasta quién sabe cuando.
Mirando al frente.


miércoles, 19 de marzo de 2014

Wind


Gris. Demasiado gris. Un atardecer muerto. Un cielo opaco. Una mirada totalmente vacía. Ausente del mundo. De la realidad. Del universo. Del viento que surca por los mares y derrumba flotas. Del Dios que disfruta con la agonía de sus propios hijos. Guardando palabras sin significado. Contando historias. Llorando, siempre solo.

Los años siguen. Se acumulan. Crecen y no desaparecen. Es curioso cómo el tiempo, algo inventados por nosotros, sigue su curso y a veces posee tanto significado. Esa noción de la realidad que nos hace sentir inquietos: Diez minutos para ese momento tan especial. Una hora para vernos con aquella persona. Un instante para hacer realidad nuestros sueños. Pero qué es si no ese transcurro, esa noción, más que una palabra diseñada para atormentarnos. Demasiado tiempo sin hacer nada. Viviendo en la absoluta comodidad. Buscando consuelo. Llorando, siempre solo.

Y yo que podría haber sido el príncipe más amado de estas tierras. Yo, entre muchos, quien podría haber hecho tantas cosas. Y sueños. Muchos sueños. Que no existen, que no importan. Que se reducen en el olvido y susurran a mi ángel de la guarda un último deseo

Anhelo. Anhelo esa inaudita tranquilidad que parece huir de mí. Ese momento de lucidez que me haga gozar del tiempo, del espacio, del universo infinito en todos sus cauces. Y aguardo paciente un día más. Ese maldito instante que parece no llegar. Que huye y me hace retroceder, corriendo y sin aliento, hacia la cueva más oscura y sombría que nadie hubiera podido imaginar. 

Y yo que podría haber sido el príncipe más feliz de estas tierras. Aquel quien todos susurren entre sueños lo maravilloso que es. Quien nadie pueda resistir el sonido de sus pasos. Un auténtico galán. Pero mi sueño no es tan distinto a la realidad. Esa persona que se adapta, que sonríe, que ama a todos. Esa persona que logra encender las llamas más carbonizadas. Yo, entre muchos, siempre destacando. Tan hermoso. Tan dulce. Tan suave. Con un rostro angelical y aniñado del que pocos podrían sospechar. Un arma de doble filo dispuesta a cortar las cabezas de todos quienes intenten adentrarse en sus dominios. Porque yo podría haber sido el príncipe más amado de estas tierras, pero sin embargo elegí, elijo, mantenerme dentro del castillo con tres puertas de acero por medio, para que ni la catapulta más soez pudiera llegar hasta mí. Para vivir entre la oscuridad de la vida. Para sentir el frío más despiadado arrancarme el aliento.

Esta contradicción constante sobre la Vida y la Muerte es la que mantiene aquí. Ahora. El no querer rendirme. El no querer afrontarlo. El ser tan hermoso y horrible a la vez. El escribir aquí, en este sitio, mis pensamientos, mi amor, mis versos. El saber que hay gente, en alguna parte, que lee y lo entiende. Que lo admira. Que le gusta. Que dedica un momento inexistente llamado tiempo a compartir estos pensamientos. 

Y ahora... Respirar. 

Respirar. Un día más.


lunes, 17 de marzo de 2014

Oh God...


Tiempo al tiempo. Y sube. Y baja. Y se pierde en medio del horizonte sin dar ninguna explicación. Vuelve a volar, entre cielos oscuros y mentes brillantes, para alcanzar lo que un día anheló y volver donde sus pecados más oscuros e inconfesos se forjaron. Oh alma, bendito amargor el que me recuerda cada fastuoso día tu desaparición. Qué será de mí después de tu perdida, de tu sabor, de tu huida ingrata en un mar abrumado por la sangre. Qué será de mí.


Un día más, entre muchos. Hoy me apetece estar en el ordenador y no pensar. Dejar que el tiempo fluya. Que una nota se adentre en mi cabeza y permanezca allí, intocable y fugaz. Simplemente esperar que la escarcha se evapore de la ventana y que los minutos transcurran. 

A veces salgo a la calle u observo por la ventana y quiero analizar el mundo. Quiero observar el cielo claro, las nubes dibujadas y los edificios alzarse valerosos cual torre de Babel. Un pájaro. Una flor. Un niño. Todo lo que compone el mundo; y, por un momento, todo me resulta hermoso. Esa tranquilidad. Ese sentimiento de calor dentro del pecho. Ese instante de lucidez en mi mente. Nada más existe; solo yo ante el mundo. Yo y solo yo. Yo y mis palabras. Y mis versos. Mis sueños. Mi ego. Mi amor por todo y por nada. Y me siento un auténtico poeta capaz de derrumbar castillos con solo unas letras; capaz de enamorar el más despiadado asesino. Capaz de todo y a la vez de nada. 

Vivir en este Infierno es una comodidad que yo mismo he forjado con el tiempo. No sanar es lo más fácil para mí ahora. Convivir con este torbellino de emociones y dolor. Afrontar el mundo a mi forma y manera. Rechazar todo cuanto no me guste y cerrar los ojos para no verlo. Fijarme en lo negativo. Sentir que mi vida no vale para nada y que yo mismo soy incapaz de hacer las cosas bien. No hay día que no piense sobre qué hubiera sido de mí si estuviera limpio. Si nada de lo que soy ahora existiera. Si esto que siento desapareciera de golpe y pudiera disfrutar de las nubes, de los pájaros, del sol o la playa. Si no sintiera tanta aflicción por los humanos. 

Y me pregunto quién soy yo si no un pobre desgraciado al que la vida se la ha jugado. Un chaval encerrado en una habitación de carne y hueso incapaz de escapar, maniatado entre grilletes y confesando a la propia Muerte sus más oscuros pensamientos. Quién soy yo si no uno más entre muchos; respirando. Aguantando. Sobreviviendo.





jueves, 13 de marzo de 2014

The silence



Ser o no ser.

Supongo que llega un momento en la vida de casi cualquier humano que se plantea el por qué de su existencia. Esa pregunta que no lleva a ninguna parte pero que, sin embargo, inunda nuestras mentes en algún periodo de nuestras vidas. Ser falsos es algo implícito en nuestro día a día. ¿Cuántas veces hemos sonreído estando triste? ¿Cuántas veces hemos negado que nos ocurriera algo cuando en realidad estábamos destrozados? Mentimos. Poder hablar implica mentir. Siempre. Aunque cierto es que no todas las mentiras son graves, al igual que no siempre son piadosas, ¿verdad?

He estado ausente. No voy a exponer motivos porque podría empezar a escribir y no acabar. Básicamente no he querido, ni he tenido mucho tiempo para ello, he preferido dedicarlo a otras cosas. Pero al final, quiera o no, una impetuosa necesidad me hace estar aquí, escribiendo, porque de alguna forma me siento libre al hacerlo y es, perdonad mi cinismo, de lo poco que puedo sentirme orgulloso en esta vida.

No me apetece hablar de mi peso. Sigo bajando y eso a pesar de resultarme encantador, también me entristece. Demasiada gente me ha hecho el estúpido comentario de lo mucho que he cambiado en tan poco tiempo. Yo me limitado a decir: "Ejercicio y comer sano" y ellos asienten convencidos de que es verdad y seguido de un: "¡Eso debería hacer yo!". Pero miento. Lo sabéis. Lo sé. Y me gusta hacerlo. Es tan fácil lograr que los demás crean tus palabras... ¡en todo!. Solo debes ser quien no eres y... et voilà!

No estoy tan triste. Pero quizá es porque no he tenido tiempo para estarlo, aunque he aguantado mis momentos. Cuando empiezo a darle vueltas a las cosas es cuando todo empeora y el castillo se derrumba. El silencio me carcome y de ahí la ansiedad.

No me quiero extender, probablemente luego escriba más. O mañana. Pero intuyo que volverá a ser casi a diario. Así que un placer estar aquí de nuevo y lo siento para los que tengáis que aguantar a este príncipe tan jodidamente impertinente. 

Au revoir.

lunes, 27 de enero de 2014

El principio hacia la autodestrucción



¿Y ahora por qué te ha dado por adelgazar tanto?

Porque sí, ¿no puedo?

Claro que sí, hombre, más faltaría.


Y con esas palabras que provienen de los labios de mi progenitora empieza todo.
El principio del final.


Siempre he sido una persona que ha odiado el deporte. Jamás me ha interesado. Ni tan siquiera en mis peores épocas. Nunca lo he visto como un medio para bajar peso y que me resultara llamativo. Pero las personas cambian, y con ello sus gustos. Sus pensamientos. Su todo. 

Hace días que decidí empezar a correr. Hasta ahora salía a andar una hora diaria con mi perra, pero me dije: ¿Por qué no haces algo más? Y hoy ha llegado ese día. El día en que me he puesto a correr. Hacía años; muchos años que no corría. Desde que tenía 16 años aproximadamente. 

Tengo asma bronquial con lo que no me resulta difícil hacer deportes que requieran una respiración profunda. Y se nota. No estoy cansado pero mientras corría mi alma expiraba. Necesitaba aire y mi cuerpo abría la boca para respirar; se me congelaban las amígdalas y me mareaba. Me mareaba porque no como. Porque vomito. Porque mi cuerpo cada día está más al límite

He estado días sin postear porque no me apetecía. No me sentía con ganas. No noto ningún cambio en mí, pero los demás si lo hacen.

La dieta milagrosa

Creo que cinco o seis personas ya me han dicho que he bajado mucho peso. Demasiado, quizá. Me preguntan cómo lo he hecho. Esperan la receta milagrosa. Aquella que les arrancará la grasa y les hará ser más felices con ellos mismos. ¡Qué equivocados están! Cuando les explico que, simplemente, salgo a andar una hora diaria y que no como nada entre el almuerzo y la cena su mirada se trunca. Esperan algo más. Ese secreto que parece, a sus ojos, que yo guardo cual tesoro. Pero para qué nos vamos a engañar: Existe

Señoras y señores, voy a contarles mi secreto. Porque fuera de ese intento de halago por su parte, lo que me provocan es asco. Mi secreto es estar enfermo. No quererme. No apreciarme. Vomitar la mayoría de cosas que como o, en su defecto, comer poco. Les garantizo que funciona; el único contra es que gracias a ello padecerán de: poca autoestima, mal humor, soledad, depresión, síntomas físicos que se desarrollarán con el tiempo en los que puede incluirse el cáncer de garganta, sufrimiento, sentimiento de abandono, distorsión, lágrimas vacías, inutilidad... Y les aseguro que podría continuar. Probablemente si desean empezar en ello tendrán una sensación de control absoluto, pero les advierto que es totalmente falaz. Les dominará y destrozará cada parte de sus vidas hasta la saciedad. Nunca será suficiente

Llevo días muy triste. Hueco. Desaparecido. Ausente del mundo real. Espero un cambio y lo veo lejos de mí. Muy lejos. Tanto que no sé cuándo llegará. Si aún seguiré en pie esperando que algo cambie. Me siento muy decaído y sé que estoy en una de las peores fases de mi vida; pero lo afronto diferente. Intento tomarme las cosas de forma apática para que no me afecten. Muero de asco ante personas, actos, momentos... pero callo. Aguanto. Mi opinión no interesa. 

Y lloro. Un día tras otro. Lloro por el hueco que se prolonga a través de la garganta hasta el estómago. Por esa sensación de no estar ni vivo, ni muerto, ni aquí, ni allá. La sensación de no importarle absolutamente nada a nadie. Y no es así. Claro que no. Pero es esa distorsión de la realidad; de mí mismo, la que me apresa a esa sensación.

No quiero alargarme más. Siento haberme ausentado y espero que todos los que leáis este blog estéis bien. Cualquier cosa que necesitéis por aquí estaré, como siempre.